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domingo, 22 de febrero de 2015

El espejo donde reflejarme

Desde que tienes uso de razón y conforme van pasando los años los referentes, los ídolos, van cambiando en función de las aficiones. Cuando eres un niño, o un adolescente, los espejos en los que uno quiere reflejarse acostumbran a ser deportistas, cantantes, actores, profesiones que arrastran a los llamados clubs de fans.
Conforme vas sumando años y las ideas se van asentando, las personas tenemos tendencia a buscar referentes más ideológicos, más humanistas. En esos momentos de la madurez, de la edad adulta, las miradas tienden a dirigirse a escritores, pensadores, filósofos, en escasas ocasiones políticos.
No deja de ser curioso que tendemos a admirar a personas que realmente no conocemos, o que sólo conocemos su parte pública, la punta del iceberg. No es ni malo ni bueno, es simplemente humano. Elegimos personas que hacen realmente bien cosas que nosotros jamás, o muy difícilmente haremos nunca así.
Yo no soy ninguna excepción. Tengo varios referentes, pero especialmente tengo uno, y me gustaría compartirlo con todos vosotros. El espejo en el cual me quiero reflejar es un hombre que desde muy pequeño no lo tuvo fácil. De hecho, siendo aún un niño se vio inmerso en la mayor vergüenza que puede vivir un país: una guerra civil. Sin saber muy bien el significado de una guerra se vio obligado a huir de su pueblo y aprender a ganarse la vida desde muy joven.
Desde muy pequeño ya apuntaba maneras. Siendo un chaval ayudaba al repartidor de periódicos porque le fascinaba la lectura de los diarios. Cuando fue creciendo su pasión por la lectura fue tal, que pese a no poder estudiar una carrera porque la vida se le impidió, sus conocimientos sobre muchas materias eran tan grandes o mayores que algunos que tenían en sus despachos títulos universitarios colgados en sus paredes. Estos titulados no dudaban de pedirle consejo a ese hombre sin título pero con sabiduría.
Tras acabar la guerra, y gracias a su bondad y profesionalidad que le abrió muchas puertas, fue deambulando entre Sevilla, Madrid y Barcelona, labrándose a si mismo personal y profesionalmente. Desde pequeño le apasionaba la lectura en general y el fútbol. Madridista de pro, seguidor del Madrid de las primeras copas de Europa, era capaz de ser socio del Madrid y del Atlético para poder ver fútbol todos los domingos.
Sus ideas políticas son tan fijas como su madridismo desde muy temprana edad. Socialista convencido y convincente, capaz de explicar la esencia del socialismo mucho mejor que sus dirigentes. Bueno, de hecho, si tienes la suerte de escucharle sobre cualquier cosa, lo más probable es que al terminar su disquisición estés totalmente a favor de él. Su poder de convicción es enorme, no sólo por sus conocimientos, sino por la pasión que pone en sus explicaciones. Su mayor virtud es que todo lo que cuenta está impregnado de sentido común, el menos común de los sentidos. La gran experiencia que le dan sus 93 años vividos no impide que se enerve por la gran incapacidad que tienen los "grandes referentes" de la política de izquierdas por su imposibilidad de transmitir la esencia del socialismo: la justicia.
Su humanismo se basa en su incansable capacidad de aprender mediante la lectura, la cual, todavía en la actualidad, practica con vehemencia con la única presencia de una rendija de luz a pesar de sus ojos entelados por las cataratas.
Mi admiración no ha hecho más que incrementarse con el paso de los años. Para alguien como yo, apasionado de las letras, que un hombre de 93 años sea capaz todavía de resolver con solvencia los crucigramas y los juegos de ajedrez de EL PAÍS, no hace más que invadirme de una envidia sana por una cabeza tan prodigiosa.
Pero la última lección de sentido común que me ha dado este gran hombre ha sido muy reciente. Delante un médico, oncólogo para más detalles, le comentaba a nuestro protagonista que su enfermedad avanza pese al tratamiento. Le ofrece una alternativa más agresiva a base de quimioterapia endovenosa. Su respuesta fue clara: "usted no puede asegurarme éxito y yo ahora estoy en mi vida de regalado, déjeme tener una vida lo más tranquila y confortable posible". El oncólogo no pudo más que darle la razón.
Tras esta conversación, su principal preocupación era que los suyos no se preocuparan por él. "Yo estoy bien, por lo tanto vosotros también tenéis que estarlo"
Tener la suerte de cruzarte con alguien así en la vida no se puede describir, pero si esa persona además es tu padre, lo único que puedes sentir es orgullo y agradecimiento porque alguno de esos ídolos anónimos que plagan nuestro mundo han formado parte de tu íntima vida.






2 comentarios:

fbbjl35 dijo...

Cuando alguien deja de estar entre nosotros , lo que esa persona ha significado para quien la recuerda , será lo que inspire sus pensamientos , sus emociones .
La existencia no finaliza con la muerte , termina cuando alguien es olvidado . Mientras se siga recordando su rostro , sus gestos , sus frases , y sus acciones , su recuerdo , seguirá teniendo un lugar , en las mentes de quienes le conocieron y apreciaron . FBBJL*35

Miguel Ángel Benítez dijo...

No puedo añadir nada, sólo agradecer tu comentario.